Por Leo Baldo
Luis Alberto Spinetta ya presagiaba en 2003, con las canciones de Para los árboles, que el otoño abraza a los guerreros que trascienden.
La última fotografía del Indio Solari, capturada el 4 de junio en las afueras de su casa en Parque Leloir, por Daus, funciona como la confirmación exacta de ese presentimiento, apenas unas horas antes de su partida final. Al aire libre, rodeado por la vegetación y los colores de la estación que el Flaco cantó, el exlíder de Patricio Rey se muestra despojado de la vieja estridencia de las masas.
Queda el hombre en su entorno puro. Con una calma imperturbable, extiende una mano en un gesto simple, directo, un saludo silencioso mientras el paisaje otoñal cobija su figura.
Y así, el tiempo expone su mapa sin filtros ni concesiones, pero la pose estática de los viejos escenarios mutó aquí en una serenidad profunda. Lejos del rugido de los estadios, en el repliegue definitivo de su hogar, Solari habitó esa estación templada donde los mitos ya no necesitan demostrar nada. Es el retrato seco, pacífico y definitivo de un sobreviviente que se despidió desde la naturaleza, envuelto por el mismo otoño que alguna vez describió Spinetta.
Nada más.
