El último trago y el espejo roto

Un ajuste de cuentas sin remordimientos, donde el agotamiento de haber cruzado el fuego se topa con la única certeza que queda en la penumbra: el ajuste de cuentas nunca es con los demás, sino con uno mismo

Hubo que cambiar la velocidad, el tono y la escenografía antes de que el aire se volviera del todo irrespirable. No quedaba espacio para la culpa ni tiempo para los remordimientos. Desde esa perspectiva, tomar distancia era la única forma de contemplar el desastre: ver las cosas desde lejos, con la frialdad de quien observa una maqueta ajena. Pero la mente seguía ocupada. El ruido de fondo continuaba ahí, insistente, aunque por momentos jugaras a olvidarlo.

Los errores del pasado regresaron pintados de otros colores, con matices distintos, pero con el mismo peso. Yo me hice cargo de cada uno de ellos. Asumí la culpa completa, sin parpadear, aunque fuera evidente para cualquiera que caminábamos a ciegas, sin rumbo fijo. Es fácil caer en la trampa del atajo violento, pero un arma cargada jamás le dio la libertad a nadie. Al menos eso es lo que repetís para convencerte.

Dijiste de tomarnos el último trago y salir. Querías cerrar la noche en la vereda. De un lado de la mesa se levantó una voz llena de furia; del otro, un llanto seco, ahogado. Prometimos entregarlo todo, dar incluso más de lo que teníamos, hasta que la tensión apretó el cuello y el cuerpo dijo basta. La cuerda no daba para más.

Caminé sobre el agua. Corrí cruzando el fuego. Hice todo el recorrido ritual del sacrificio, pero llegó un punto en el que el pellejo se volvió anestesia y dejé de sentir. Al final no había ningún enemigo esperándome del otro lado de la puerta. Era yo mismo, parado en la penumbra, aguardando que apareciera algo distinto. Era yo mirándome de frente, por primera vez, esperando que al menos esta vez el resultado fuera otro.

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