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A sus más de ochenta años, Mick Jagger y Keith Richards desafían la lógica del tiempo con un álbum que no vive de la nostalgia, sino de la urgencia del rock más visceral. La inmortalidad ya no es un mito; es un riff de guitarra

(Por Leo Baldo) Se ha vuelto una costumbre biológica y cultural buscarle fecha de vencimiento a los Rolling Stones. Se hizo en los setenta, tras los excesos de Exile on Main St.; se repitió en los noventa, cuando las giras de estadios mutaron en corporaciones; y se dio por sentado tras la dolorosa partida del pulso cardíaco de la banda, Charlie Watts, en 2021. Sin embargo, la física cuántica del rock and roll opera bajo otras leyes. Con la salida de Hackney Diamonds —su primer trabajo con canciones originales en casi dos décadas—, Sus Majestades Satánicas no solo despejan las dudas sobre su vigencia: firman un tratado definitivo sobre su propia eternidad.

El disco no es el lamento crepuscular de unos ancianos mirando el pasado, sino un pelotazo en el pecho que suena contemporáneo, crujiente y, sobre todo, urgente. Producido por Andrew Watt (el joven prodigio que rejuveneció los sonidos de Ozzy Osbourne e Iggy Pop), el álbum rescata la esencia callejera y peligrosa del Londres que los vio nacer, pero con el pulso técnico del presente. Desde el arranque con “Angry”, sostenido por ese riff sucio y ganchero marca registrada de Keith Richards, queda claro que la química sigue intacta. Jagger canta con el desparpajo y la arrogancia de un tipo de veinte años, desafiando a la vejez con una performance vocal que roza lo sobrenatural.

Cuestión de sangre y alianzas

Lejos de aislarse en su olimpo, los Stones convocaron para esta gema a la realeza de la música popular, logrando cruces históricos que solo ellos pueden traccionar. Paul McCartney distorsiona su bajo de manera salvaje en la punkera “Bite My Head Off”, sepultando cualquier viejo fantasma de rivalidad sesentista. Elton John aporta su piano tabernero en un par de pistas, y el clímax místico llega con “Sweet Sounds of Heaven”, una pieza de tintes góspel y blues donde Lady Gaga bate a duelo su garganta con Jagger, mientras Stevie Wonder eleva los teclados hacia el cielo.

Pero el verdadero milagro de Hackney Diamonds reside en cómo convive el duelo con la celebración. El fantasma de Charlie Watts sobrevuela el álbum con una sonrisa: su batería inconfundible, grabada antes de su fallecimiento, impulsa la rítmica de “Mess It Up” y de la arrolladora “Live by the Sword”, que además cuenta con el regreso del bajista original Bill Wyman. Es la vieja guardia unida por última vez, traccionando el camión de la historia.

El pacto con el diablo sigue vigente

Hacia el final del álbum, el viaje se vuelve circular. En una decisión estética que eriza la piel, Jagger y Richards se quedan solos frente al micrófono y la guitarra acústica para interpretar “Rolling Stone Blues”, la canción de Muddy Waters que les dio nombre en 1962. El círculo se cierra, pero no para terminarse, sino para demostrar que el pacto que firmaron hace más de sesenta años en una estación de tren de Dartford no tiene cláusula de rescisión.

Los Rolling Stones ya no compiten contra las bandas de las nuevas generaciones, ni siquiera contra sus propios clásicos de la era dorada. Compiten contra el olvido, y van ganando por goleada. Mientras el mundo moderno se obsesiona con lo efímero y lo virtual, ellos siguen ahí, sudando sobre el escenario, gastando el cuero de las botas y demostrando que el rock no era una moda pasajera del siglo XX: era una pócima de inmortalidad. Los Stones son eternos, y Hackney Diamonds es la prueba irrefutable de que el fuego sagrado no sabe cómo apagarse.

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