Un exhaustivo informe del Ciclo Básico Común de la UBA reveló que el 48,9% de los argentinos de entre 18 y 29 años vive en condiciones de vulnerabilidad social, con un impacto que golpea con mayor fuerza fuera del AMBA (73%). El estudio alerta sobre la consolidación del fenómeno “Triple Ni” —jóvenes que no estudian, no trabajan ni buscan empleo—, la precariedad laboral estructural, la falta de cobertura médica y una preocupante crisis de salud mental que afecta a más del 70% del sector
Casi la mitad de los jóvenes argentinos de entre 18 y 29 años se encuentra en situación de vulnerabilidad social y económica. Así lo reveló un dramático informe elaborado por investigadores del Ciclo Básico Común (CBC) de la Universidad de Buenos Aires (UBA) en el marco del Proyecto PIDAE. El estudio, realizado sobre un relevamiento presencial a nivel nacional, desmonta la idea de una problemática concentrada en las grandes urbes: el 73% de los afectados reside fuera del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA).
La investigación, dirigida por Felipe Vega Terra y Juan Cruz Esquivel, traza un diagnóstico crudo sobre las condiciones de vida, las expectativas y el deterioro del tejido social en la población juvenil, exponiendo la fractura de los canales tradicionales de integración como la educación y el trabajo formal.
El fenómeno “Triple Ni” y la ruptura de los lazos sociales
Entre los datos más alarmantes que arrojó el relevamiento se destaca la consolidación del segmento denominado “Triple Ni”: jóvenes vulnerables que no estudian, no trabajan y que, además, han dejado de buscar empleo. Este núcleo comprende a un tercio de la población juvenil en situación crítica.
De acuerdo con Esquivel, investigador principal del CONICET, el desempleo en esta franja alcanza el 30,6%, pero solo 4 de cada 10 desocupados mantiene una búsqueda laboral activa. Esta apatía forzada refleja una profunda desconexión de las redes institucionales. “Estamos frente a una franja social alejada de toda red de pertenencia, reconocimiento e integración social”, advirtió el especialista sobre este núcleo de exclusión.
Precariedad laboral, déficit educativo y desamparo sanitario
Si bien el 70% de los encuestados manifestó tener alguna ocupación, la calidad del empleo está marcada por la extrema informalidad. Los puestos se concentran mayoritariamente en rubros de baja calificación como el comercio, la construcción y las tareas de cuidado. Como correlato directo de este escenario:
- Salud desprotegida: El 78% carece de obra social o medicina privada, dependiendo exclusivamente de la atención en el sistema de salud público o centros barriales.
- Abandono escolar: El 60% no completó los estudios secundarios y solo un 6,7% accedió a la educación superior, a pesar de que el 87,5% reconoce de manera explícita que estudiar le permitiría aspirar a una mejor calidad de vida.
- Ingresos insuficientes: El 57% afirmó que el dinero no le alcanza para cubrir las necesidades básicas de fin de mes.
Salud mental en crisis y consumo de sustancias
El impacto de las barreras económicas y la falta de horizonte laboral se traslada de forma directa al plano psicoemocional. El estudio arrojó guarismos preocupantes en materia de salud mental: más del 70% de los encuestados declaró sufrir problemas frecuentes de ansiedad o nerviosismo, mientras que el 50% manifestó desgano o síntomas depresivos persistentes.
En paralelo, un 30% de los jóvenes en situación de vulnerabilidad acusó serias dificultades para controlar el consumo de sustancias como alcohol, tabaco o drogas, una problemática que se agudiza a medida que empeoran las condiciones socioeconómicas del entorno.
A pesar del contexto de estancamiento, las aspiraciones básicas de progreso resisten: conseguir un trabajo digno (31,9%) y acceder a la vivienda propia (29,8%) se mantienen como las principales metas a cinco años de una generación que pelea por no quedar definitivamente al margen.
