Vaca Muerta: El rito de la fundación en la estepa neuquina

Más allá de las planillas de producción y la ingeniería de precisión, el petróleo es una fuerza telúrica que transforma el desierto en comunidad. Esta es la crónica de Ramiro, un hombre que entre el olor a azufre y el rigor del campo, asiste al nacimiento de un nuevo mundo: allí donde el brote negro rasga la tierra, el trabajo humano siembra la semilla de un pueblo.

(Por Leo Baldo)

El rito de la perforación en la estepa

El sol, un disco blanco y plano, se aplasta contra la llanura de arbustos achaparrados que los hombres llaman jarillal. Nada parece moverse, salvo el aire que vibra sobre el asfalto gastado de la Ruta 7. Y sin embargo, allí, en ese punto preciso del mapa donde la cartografía se vuelve una abstracción, hay un movimiento sordo, rítmico, que viene de lo profundo de la tierra.

Es el tripping in de la columna de perforación, el descenso de los tubos de acero que buscan el corazón de la formación, la Vaca Muerta, esa promesa de piedra y gas que duerme bajo el desierto.

Ramiro, con el mameluco ignífugo color terracota, está de pie cerca de la subestructura del equipo. Sobre su cabeza, un casco blanco. No es el casco de seguridad estándar, el que la operadora entrega con el kit de ingreso. Es un casco pequeño, ligeramente amarillento por el tiempo, que Ramiro le robó a un muñequito de su infancia. Un trofeo de plástico, un amuleto desgastado que lo acompaña desde que el petróleo era solo una palabra en la boca de su padre.

La paradoja del azufre

Bajo ese casco, la mente de Ramiro opera con la precisión de un estratega. Analiza costos, logística y eficiencia. Pero sus ojos no solo ven acero. En la periferia de la locación, recortados contra el horizonte de fuego, aparecen los chivos. Animales flacos, de mirada fija y horizontal, que observan el despliegue industrial con una paciencia diabólica. Ramiro sabe que en la estepa el chivo no es solo ganado; es el guardián de un silencio que los hombres han venido a romper.

Y de pronto, ocurre. Un cambio en la vibración. Un pulso que sube desde los estratos más oscuros. El aire se espesa con un olor ácido, punzante: el azufre. Es el aliento del subsuelo que se libera, una exhalación que trae consigo el calor de eras geológicas olvidadas. Es el kick, el influjo del reservorio que empuja hacia arriba. Las válvulas de seguridad, las BOP, se cierran con un estruendo metálico, pero la presión es una entidad viva. Hay un instante, una fracción de segundo, en que la tierra expulsa hacia el cielo un chorro negro y espeso.

El nacimiento de un mundo humano

Ese chorro es el punto cero. Ramiro lo mira y no ve solo una mancha; ve el big bang de una civilización petrolera. De la misma manera que el río Saeriano hacía nacer islas y esteros, este brote negro, que huele a infierno y azufre, hace nacer mundos humanos en la nada. Alrededor de este pozo, de este tajo en la tierra, ya hay familias.

Están las casas de chapa de los primeros operarios, los trailers de las empresas de servicios que se amontonan a la vera del camino, el vapor de las pavas en las madrugadas de campo. Ya se escucha el llanto de un niño, el ladrido de un perro y el rugido de los motores diésel. Es el milagro sucio: de esa expulsión maligna nace el pan, nace la escuela, nace el asfalto que vence al desierto.

Trabajo, ni más ni menos. El trabajo de hombres que conviven con lo que emerge de abajo, transformando ese aliento del diablo en la luz de las casas que empiezan a poblar el horizonte. Ramiro sonríe, imperceptiblemente, bajo el casco robado a su infancia. Sabe que la vida, terca y persistente, ha decidido echar raíces allí donde el brote negro acaba de fundar un pueblo.

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