De los escritorios platenses a la mística de los pueblos: el viaje de Ignacio Sagarna y Luciana Garabano por el interior bonaerense

El periodista de General Belgrano y la docente de 25 de Mayo recorren la provincia rescatando las historias invisibles del turismo rural a través de su cuenta “Pueblos Turísticos Bonaerenses”. La periodista Antonela Ciparelli Moreno retrató para Infocielo esta bitácora rutera que busca desovillar el alma de la llanura, calle por calle y vecino a vecino

(Edición Leo Baldo) A Ignacio “Nacho” Sagarna lo conozco desde sus tiempos en La Tecla. Es un tipo que me abrió las puertas y el panorama cuando regresé a 25 de Mayo, facilitándome ese mundo de los contactos actualizados de la política que siempre viene bien tener a mano. Las charlas con él son constantes y, en el último tiempo, más allá de su labor diaria en el portal El Teclado, lo vi parir y hacer crecer un proyecto maravilloso: recorrer a fondo el interior de los pueblos bonaerenses. A su lado, apuntalando la movida, camina “Luchi”, Luciana Garabano, coterránea y excompañera mía de jardín y escuela.

El medio Infocielo se anticipó y, a través de la pluma de Antonela Ciparelli Moreno, le realizó una entrevista que retrata esta aventura por las raíces de nuestra provincia. A continuación, la crónica recreada sobre aquellos trazos:

El pulso de la llanura: una bitácora en busca de las paredes que hablan

Hay un código del interior que no se borra con el hollín de las diagonales. Se nota en el fraseo, en el silencio elegido para las primeras horas de un domingo y en esa necesidad casi física de buscar el horizonte donde el cemento ya no lastima los ojos. Luciana Garabano (43) e Ignacio Sagarna (45) viajan con ese peso dulce de las raíces a cuestas. Ella, docente criada en los vientos de 25 de Mayo; él, periodista con el mapa de General Belgrano marcado en el habla.

La aventura, como las buenas cosas, nació de un desvío, de un dolor de cabeza oportuno que los salvó del bullicio porteño un domingo cualquiera. “Íbamos para Buenos Aires, pero a Luchi le dolía la cabeza. Buscamos la calma cerca. Terminamos en Oliden, caminamos, compramos galletas de campo en La Olidense y pegamos la vuelta”, evoca Ignacio, con el tono de quien descubre un secreto a la vuelta de la esquina.

Antes de pisar otra vez las diagonales platenses, el viaje ya tenía nombre y destino público: una cuenta de Instagram —Pueblos Turísticos Bonaerenses— nacida para rescatar del olvido los retazos de campo que la rutina devora. El primer posteo fue aquel de Oliden. “No quedó del todo bueno”, confiesa Ignacio entre risas, masticando la promesa de volver por la revancha.

“La Provincia es hermosa. Y es enorme. Tiene la paz infinita de los pueblos del interior y la furia de las ciudades del AMBA”, hamacan a dos voces, definiendo esa frontera invisible que el bonaerense de cepa reconoce sin carteles. Para ellos, cada paraje, por más que la llovizna o el olvido lo tengan postergado, guarda la condición de pueblo turístico. “Algunas por lo que son hoy, otras por lo que supieron ser y otras por lo que serán. En todas hay una historia para contar”, asegura ella.

El método es sencillo: un poco de mapa en la pantalla para no errarle al Bosque Encantado o al viejo almacén de Belgrano, y después, el milagro de apagar el motor. Caminar.

El idioma de las veredas

“De cada viaje nos traemos algo rico para el buche”, dice Ignacio, cumpliendo el viejo rito de volver con el queso o el pan bajo el brazo. Pero el verdadero botín es el silencio que se rompe en las veredas. “Las paredes hablan. Un caserón derruido que fue la casa de la maestra o una carnicería de pueblo tienen su decir. Y si las paredes callan, siempre aparece un vecino con ganas de que la historia de su pago no se muera”, explica él.

Esa mística no se corta cuando la ruta termina. Los viernes, cuando el video sube a las redes con la música elegida por Luciana, el mapa se llena de ausentes. Comentarios cargados de una nostalgia espesa de quienes vivieron la infancia ahí y hoy se emocionan desde lejos. Para Ignacio, ese es el momento donde el viaje cobra el verdadero sentido. No lo toman como un conchabo: es la excusa perfecta para matear, cruzar palabras y desovillar vivencias con la gente de otros pagos.

Apenas si pisaron el uno por ciento de este territorio inmenso, pero ante el apuro de elegir cinco rumbos obligatorios, se la juegan con la memoria del ojo: Punta del Indio, Uribelarrea, Valdés —nuestro pago chico—, el mar de Marisol y Tomás Jofré.

Una mano en el peaje de la historia

El arraigo, si es verdadero, se vuelve militancia. Los martes, la cuenta se transforma en una agenda de fiestas populares. Un laburo de hormiga que Luciana rastrea entre páginas municipales, centros tradicionalistas y el boca en boca de los seguidores. Saben perfectamente que detrás de una fiesta de pueblo se mueve el destino de los artesanos, los gastronómicos y los músicos del lugar. “El objetivo es que la gente vaya, gaste dos mangos y ayude al bolsillo de los que la pelean en el interior”, agrega Ignacio.

Salen cada quince días, midiendo las distancias con el bolsillo y los tiempos de la casa. A veces es un tirón de ida y vuelta; otras, los encuentra la noche bajo algún techo prestado. Mientras arman el bolso para enfilar hacia Navarro, con parada previa en Campanópolis, Ignacio larga el último chiste, que es también una declaración de principios: “Si nos invitan, ahí estaremos”. El mapa es un monstruo gigante, pero para los que llevan el barro en el ADN, salir a la ruta siempre es una forma de volver a casa.

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