No fue un estreno más en la gran cita futbolística. Bajo el compás de un Lionel Andrés Messi colosal, Argentina despachó 3-0 a Argelia con un triplete del capitán que lo eleva a la cima solitaria de los artilleros mundiales. Una caricia al alma para cincuenta millones de almas
(Por Ron Damón) Usted, que peina canas o que recuerda las viejas tardes de radio y tablón, sabe bien que el fútbol suele ser una dinámica de lo impensado. Pero cuando en el rectángulo verde habita un genio, la historia altera sus leyes y lo impensado se transforma, sencillamente, en la rutina de lo extraordinario.
Hay tardes —o noches, como esta— en que los números dejan de ser frías estadísticas de oficina para convertirse en mitología pura, en un metal dorado que brilla con el calor de cincuenta millones de almas. Hay un muchacho que es el diez, pero que al mismo tiempo es el uno, el Alfa y el Omega de una ilusión colectiva que se echó a andar una vez más en este bautismo de fuego. Argentina pisó fuerte, superó con autoridad por 3 a 0 a Argelia y, ¿quién si no?, Lionel Andrés Messi metió un zarpazo de leyenda firmando los tres gritos de la victoria para colgarse otra cucarda: ser el máximo artillero en la historia de la Copa del Mundo.
Mire usted el tablero. Desde el mismísimo pitazo inicial, el libreto fue patrimonio exclusivo de la camiseta celeste y blanca. Monopolio de pelota, autoridad en el traslado y esa paciencia oriental para encontrar la hendija. Enseguida nomás, una hermosa artesanía colectiva lo dejó al capitán cara a cara con la caridad del arquero; gol de Messi, claro, pero el grito quedó atragantado en el buche por un fuera de juego finito, de esos que hoy mide la milimétrica mirada de la tecnología. Hubo un susto, es verdad, porque en la jugada de vuelta el argelino Chaibi la mandó a guardar ante la gigantesca figura del “Dibu” Martínez, pero el juez de línea volvió a levantar la bandera. Justeza divina, que le dicen.
Por supuesto que el destino, que es sabio y no se deja prepotear por los imponderables, ya tenía escrita la partitura. No era una tarde cualquiera para el Rey de la Zurda de Cristal: cumplía nada menos que doscientos partidos con la pilcha de la Patria. Y un acontecimiento semejante no podía pasar desapercibido para los Dioses del fútbol. Promediando la etapa, la zaga argelina cometió el pecado capital de otorgarle un metro de ventaja. Error fatal. Messi, con la naturalidad de quien se toma un café en la esquina, sacó un zurdazo colosal, con rosca, un viaje poético desde el borde del área que se clavó allá donde las arañas tejen su nido. Uno a cero. Hubo, sí, algún sofocón antes del descanso que encendió las alarmas de la última línea de Scaloni, pero el orden y el temple sostuvieron la ventaja cuando el árbitro mandó a todos a tomar aire.
En el amanecer del complemento, el libreto no varió su esencia. Lo buscaron Messi, lo buscó Lautaro en ese viejo oficio de romper redes, pero la pelota se encaprichaba en la línea de sentencia. Mientras tanto, en las tribunas, el calor de miles de gargantas argentinas bajaba como un aluvión, como un trueno de fe que envolvía el campo de juego. El segundo golpe maduraba bajo el sol. Y llegó: Alexis Mac Allister probó de media distancia, el arquero Luca Zidane dio un rebote corto acosado por los duendes del área, y allí, con el olfato del viejo lobo de potrero, apareció el Diez. Toque sutil, cortito y a cobrar. Dos a cero. El partido ya tenía dueño y señor.
Pero guarde un renglón más, porque con este pibe de Rosario siempre hay una página en blanco esperando ser escrita. La noche todavía le reservaba un guiño a la inmortalidad. Llegando al ocaso, tras otra combinación con aroma a campito, Messi ensayó una definición exquisita, una caricia magistral que viajó mansa y se abrazó a la red pegada al palo, desatando el estallido final, el delirio de un país que se unió en un solo grito.
Fue tres a cero. Un debut redondo, sin fisuras, un bálsamo para los corazones que laten al compás de la redonda. Se ganó con la chapa de los grandes y con el aroma del fútbol nuestro. Muchachos… ¡qué quieren que les diga!… preparen las banderas, porque ahora, nos volvimos a ilusionar.
